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Sólo muere alguien cuando ya no se lo nombra

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En Bonn, Alemania, placas y adoquines recuerdan a los deportados durante el nazismo. Muy lejos, en Valcheta, Río Negro, o Carmen de Patagones, el silencio aún tiñe de desmemoria el calvario y la muerte en campos de concentración donde cientos o miles de mapuches fueron alojados y asesinados. (16/12/2018)

Por: Adrián Moyano, www.enestosdias.com.ar

Terminé de leer “Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante” en la mañana de un sábado, temprano. Pero fue en Bonn donde me topé un par de horas después con el pequeño memorial: sobre la vereda, apenas dos adoquines informan y recuerdan que en ese lugar, vivieron Bernhard y Hermine Loew; que fueron deportados en 1942 y que en julio de ese año, encontraron la muerte, lejos de su hogar. Arriba de las inscripciones, ardía una vela dentro de un cilindro rojo. Maneras sencillas pero contundentes de mantener encendida la memoria.

La argentina Esther Andradi vive en la capital alemana desde 1983, cuando aún faltaban seis años para que cayera el Muro. Colega, publicó en diarios sudamericanos crónicas sobre el penoso acontecer de la ciudad dividida, la agitación previa al desmoronamiento, el inusitado esplendor que se apoderó de Berlín en las últimas décadas y la despersonalización que traen el predominio de los grandes capitales y la gentrificación. Sus artículos se agruparon en formato de libro en 2015, su lectura me parece fundamental para aquellos y aquellas que quieran ver más allá de los estereotipos que en este caso, circulan sobre Alemania y los alemanes.

El anteúltimo capítulo lleva como título “El nombre de las piedras”. En sus párrafos, Andradi reconstruye un pequeño acto durante el cual los vecinos y vecinas de su edificio, instalaron piedras similares a las que encontré en un calle de Bonn, cuyo nombre no tomé la precaución de anotar. Su relato habla de los Meyer, “arrancados de sus viviendas y asesinados en Auschwitz”. Gracias al testimonio, sé que los pequeños memoriales se llaman “Stolpersteine”, piedras para tropezar, piedras para recordar.

Dice Andradi: “en cada placa de diez centímetros por lado, se graba el nombre de la persona, la fecha de nacimiento, el día de la deportación, el lugar del asesinato. Colocarlas es casi tan arduo como el ejercicio de la memoria. Se quitan algunos pocos adoquines de la vereda, se hace un colchón de cemento y luego se incrustan las placas. Se adhieren al piso como huellas que se resisten a borrarse. Hay lugares donde se siente el temblor de tantos pasos perdidos. Cinco acá, ocho allá. Tres más adelante”.

La periodista argentina participó de la ceremonia a cuyo término, quedaron instaladas las piedras para tropezar y recordar. Su narración es vívida y atenaza la garganta. Para ejercitar la memoria, habían llegado desde Londres familiares de los Meyer. Tom, un hombre mayor, tomó la palabra: “es triste lo que les voy a contar, pero es la historia. Aunque tampoco es tan triste, porque acá no ha muerto nadie. Sólo se muere alguien cuando ya no se lo nombra. Y ahora nombramos a mi abuela, a mis tíos, a mi primo. Son los Meyer”.

El silencio de Valcheta

Había terminado de leer el libro de Andradi un rato antes, en una mañana de sábado. El otoño de Bonn comenzaba a tornarse invernal y con un mapa, buscábamos la mejor manera de llegar al centro histórico, donde está el monumento a Beethoven. Pero tropecé con unas piedras que están en las veredas, precisamente para que tropecemos y recordemos. Los Loew dejaron de existir en Minsk. Pero después de esa escala momentánea, el tropiezo no me llevó a la lejana Bieolorrusia, sino a Valcheta, Chichinales, a Martín García y Rodeo del Medio.

El listado de los cautivos en Valcheta

En el curso de sus investigaciones, la historiadora barilochense Pilar Pérez dio con un listado que enumera gente que sufrió cautividad en el primero de los campos de concentración. No fue fácil su hallazgo: forma parte de una carta que elevara el entonces gobernador del Territorio Nacional de Río Negro, Lorenzo Vintter, al Ministerio del Interior. En 1887, el coronel solicitaba la creación de una colonia agrícola pastoril para encontrar una solución civilizadora el “problema indígena”. La lista fue a parar en 1901, a una carpeta que llevaba como título “Documentos inservibles”. Pérez dio con el listado en el Archivo Histórico Provincial del Río Negro y comenzó a difundirlo en sus trabajos académicos desde 2015.

En uno de sus textos, cuenta la historiadora sobre las listas: “debemos mencionar en primer lugar que contienen los nombres de 214 personas que en 1887 se encontraban reunidas bajo vigilancia de la policía territoriana al sur del actual pueblo de Valcheta. Las listas identifican ‘el personal de hombres de las tribus de Pichalao, Charmata, Cual y Chiquillan’ y registran 77 hombres con sus nombres y apellidos. Además aparecen listados las ‘familias y niños que tienen las tribus…’ y nombran a cada uno de las 51 mujeres, 44 niños y 42 niñas”.

Repasar la nómina también es sobrecogedor, más aún cuando los ojos se topan con nombres mapuche gününa küna que en la actualidad, llevan como apellidos amigos, conocidos o vecinos: Panguelef, Coluala, Calluqueo, Catrieles, Antequien… “Sólo se muere alguien cuando ya no se lo nombra”, decía el berlinés Tom, 80 años después de la llegada del nazismo al poder en Alemania. ¿Hay piedras para tropezar y recordar en Valcheta? ¿Quién nombra a los miles de mapucherankülche gününa küna que fueron deportados hacia los ingenios azucareros de Tucumán, las estancias mendocinas o los pabellones infectos de Martín García? ¿Cómo se llamaban los niños y las niñas mapuche que encontraron la muerte en Carmen de Patagones?

Hacer vivir y dejar morir

En términos académicos, Pérez define que los campos de concentración “fueron emplazados a la vista de todos como un umbral entre lo civilizado y lo bárbaro. A partir de esta configuración espacial, los campos emergen como parte de la escenificación del poder del Estado. Así, tanto para los indígenas como para los no indígenas representaron una demostración de fuerza estatal ya que proyectaban la capacidad de imponer un orden y de sostenerlo. Sin embargo, solamente para los indígenas -fueran estos tehuelche, mapuche, malón, mansos, ‘gente de’ o familias aisladas - los campos constituían una amenaza concreta. Un futuro posible. Los campos de concentración para indígenas dentro del territorio nacional de Río Negro implican un despliegue y ejercicio de soberanía estatal en los que el bio-poder distribuye a los que hace vivir y a los que deja morir”.

Cautivos mapuches, entre curas y soldados

Al tanto de las posibles objeciones, la historiadora había aclarado en otros de sus trabajos, que su intención “no es extrapolar el término campo de concentración -en gran medida circunscrito a la experiencia del nazismo- sino situarlo como una de las tecnologías de disciplinamiento propias de la modernidad. Además, los campos de concentración entendidos como espacios de excepción donde recluir a sectores identificados y aislados por su peligrosidad atribuida (anclada en diferencias étnicas, de clase, políticas, nacionales, religiosas, etc.) existen con anterioridad y posterioridad a la experiencia concentracionaria (sic) nazi. Cuya particularidad innegable son los campos de exterminio y la maquinaria desarrollada para los mismos”.

A diferencia de otros campos de concentración de carácter temporal, como los que existieron sobre la línea del río Negro y hasta la cordillera, los militares pensaron en Valcheta como una colonia agrícola pastoril que permitiera confinar y controlar a los mapuche gününa küna prisioneros. Añade la historiadora que comenzó a funcionar con los cautivos que retuvo el Ejército argentino después del combate de Apeleg (23 de febrero de 1883). Aquel proyecto de colonización de Vintter nunca prosperó y el campo de concentración continuó en funcionamiento hasta fines de esa década.

Urgente y humanitaria

Cuando el Estado finalizó oficialmente las campañas militares, la administración del campo de Valcheta recayó en una comisaría que respondía a la gobernación del Territorio de Río Negro. Ésta reguló “la vida de los presos, hombres, mujeres, niños y niñas, que se encontraban allí desde 1883”. Completa el trabajo de Pérez: “las condiciones de vida del campo son descriptas en las diversas fuentes como de hacinamiento, pobreza y hambruna. Incluso esta caracterización aparece en las fuentes oficiales -de circulación más restringida, no así en las memorias ministeriales por ejemplo- de fines del periodo que consideraban debía darse una respuesta urgente y ‘humanitaria’ para los indígenas presos”. En 1889, el entonces sucesor en la gobernación de Río Negro, el coronel Napoleón Berreaute, escribió “en las márgenes del Río Valchetas existen en la actualidad bajo la vigilancia de una Comisaría Policial, no menos de 500 indios sometidos; según informes fidedignos que esta comisión ha recogido, viven en la mayor miseria sin que haya esperanza de que se civilicen por falta de medios conducentes a ese fin. Esta comisión piensa que por humanidad y conveniencia del país debe modificarse este estado de cosas (…)”

¿Cuántos fueron los que no pudieron superar esos padecimientos? ¿Cuántos los que corrieron idéntica suerte en el sur mendocino, en La Pampa, en Tucumán o en Buenos Aires? Entre el listado de Vintter y la contabilidad de Berreaute, hay una diferencia de 286 personas. Humanos y humanas que en todavía en 2018, esperan que se los nombre.

En Valcheta no es posible encontrarse con ninguna piedra para tropezar, entonces nadie o casi nadie recuerda. Otro tanto ocurre en Chichinales, en Carmen de Patagones, en Choele Choel… En mapuzungun, aquella expresión alemana se traduciría kura ñi mütrüram, kura ñi tukulpayam. Aquí se cometieron delitos de lesa humanidad contra los pueblos mapuche gününa küna. ¿En qué idioma hay que decirlo para que se entienda?

Bibliografía

Pérez, Pilar (2015): “Futuros y fuentes: las listas de indígenas presos en el campo de concentración de Valcheta, Río Negro (1887)”. En “Nuevo mundo. Mundos nuevos”. https://journals.openedition.org/nuevomundo/68751Recuperado el 14 de diciembre de 2018.

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